Lunes, día 1
Capítulo 2
Residencia Pecados
El edificio ocupaba una manzana entera.
Contaba con ocho plantas, un ático y un jardincito que rodeaba las cuatro fachadas. En ese jardín se levantaban algunos árboles de gran porte. Algunas copas llegaban hasta la quinta planta y, cuando las ventanas estaban abiertas, algunas ramas se introducían hasta enredarse en las lámparas del techo. Pero algunas, no todas. En cambio, en el suelo no crecía nada, salvo algunas malas hierbas. Se notaba que ningún jardinero había pasado por allí en el último medio siglo. Ninguno, no alguno.
El estilo arquitectónico del edificio no se parecía al de los otros edificios de la zona. Un barrio atestado de bloques de viviendas de cinco alturas, construcciones sencillas de ladrillo visto sin otra función que la de cobijar a sus habitantes. En cambio, la fachada de este edificio mostraba frisos, entablamentos, columnas, rejas, cornisas, frontones y basamentos, elementos arquitectónicos propios de otra época. Recargado, sí, a la par que elegante. Ese edificio parecía que siempre hubiera estado allí al margen de los vaivenes del desarrollo de la ciudad. Por su lúgubre aspecto, nadie se atrevía, salvo los carteros, a llamar a esa puerta de dos hojas y tres metros de altura tallada en madera de palo santo, ya que, solo por verla, provocaba las sensaciones inquietantes de una mansión encantada.
Pues aquí vivían los miembros del Cónclave.
Un edificio enterito para ellos. Bueno, también vivía Izumud, el tipo que, entre otros asuntos, sacaba la basura todas las noches.
Izumud era un empleado de lo más eficiente. Bueno, en realidad, era el único empleado. Tenía asignado el ático, una planta enterita para él, con una gran terraza llena de gárgolas de piedra desde la que se divisaba la ciudad. Unas vistas espléndidas para tomarse un té mientras el sol se ocultaba entre las torres del centro de la ciudad o, aunque estuviera nublado, para contemplar la magnificencia de esas torres. Un ático, ocho plantas de por medio, ocho plantas de cuatro metros de altura, peldaños de treinta centímetros de alto, peldaños que sumaban la friolera de ciento cincuenta y cuatro. Demasiados para un hombre de avanzada edad, un hombre normal, no como los otros. Principalmente por esto, por sus sufridas articulaciones, Izumud se alojaba en un cuarto pequeño y sombrío, clavadito a él, de la planta baja. En otras estancias de esa misma planta estaban la cocina, la despensa, el taller de mantenimiento, el tendedero y el cuarto con los utensilios de limpieza. Allí, sin realizar ningún esfuerzo físico adicional, disponía de todo lo que necesitaba para sus otros quehaceres diferentes a los de sacar la basura. Gracias a él, la casa funcionaba como un reloj.
Y sin ascensor.
Demasiados peldaños como para que las vistas de la ciudad compensaran el esfuerzo físico de vivir en ese magnífico ático.
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